Por Víctor Manuel Goch
El periodista Raymundo Riva Palacio recuerda en su libro Manual para un nuevo periodismo que “hay grandes reporteros que nunca pudieron redactar. Uno de ellos, el finado Jaime Reyes Estrada, quién obtenía información donde otros habían fracasado y apilaba tantos datos y tan rápido como pocos podían. Pero su redacción era tan deficiente que casi todos sus textos eran reescritos por la mesa de redacción de Excélsior”.[1]
Sin embargo, para Rosina Conde eso no es grave pues en sus Apuntes sobre la corrección de estilo apunta que “peca más el corrector que no enmienda, que el escritor que no escribe correctamente”.[2] Aquí comenzamos a ver la relevancia que, se supone, tiene el corrector de originales.
Antonio Cajero se pone poético y afirma que “no hay libro que no pase por las manos de este curador de ‘heridas del texto’” y complementa explicando que “corregir el estilo, la forma particular de escribir de un autor no consiste únicamente en enmendar faltas de ortografía, sino en revisar y hacer legibles las ideas de un autor”.[3]
Hasta aquí uno podría suponer que el corrector de originales goza de prestigio y que su trabajo es bien reconocido. Sin embargo, Ayala y Zenker ponen sobre la mesa el caso de George Turklebaum, un corrector de estilo quien en enero de 2004 murió a los 51 años mientras corregía un libro de medicina. “Por más de tres décadas el señor Turklebaum había sido el primero en llegar, no salía a comer y se iba al último apagando la luz… sus 23 compañeros no se percataron porque el cadáver seguía con los anteojos puestos frente a la página del libro. No se le extrañó”[4] mencionaba uno de los empleados.
Ayala afirma, con el ejemplo anterior, que ese es el reflejo del lugar que ocupan los correctores de estilo. “Su trabajo es callado, difícilmente bien remunerado y, por supuesto, su nombre no luce ni en las páginas legales ni en colofones”.[5]
Empero, más adelante hacen una aclaración en la que estoy de acuerdo: “algunos compañeros manifiestan su tristeza porque nadie notaba su trabajo, pero finalmente caían en la cuenta de que precisamente de eso se trataba: de que no se notara. Nadie nota la mano del corrector de un libro bien producido. Todos despotrican cuando se nota su trabajo, es decir, su mal trabajo cuando el libro sale lleno de erratas”.[6]
Ahora, en el asunto económico, ambos autores mencionan que en el mercado editorial mexicano lo normal es que las editoriales paguen $25 por cuartilla corregida aunque eso va a depender de la complejidad del escrito e incluso hay correctores que hacen su trabajo por $4 y $10 pesos. También eso dependerá del medio en el cual se desempeñen y la experiencia que se tenga como corrector.
Por ello es que en las universidades de periodismo el papel del corrector no se visualiza como una oportunidad más de trabajo. Saben que necesitan trabajar en algo más si quieren sobrevivir. Además, entienden que el corrector necesita de una gran preparación para desarrollar su trabajo. “El corrector de pruebas debe tener una cultura amplia y de cimentación profunda que le permita corregir los errores que se hayan pasado al revisar los originales. También debe tener conocimientos de tipografía, gramaticales y de idiomas”[7], asegura Roberto Zavala en El libro y sus orillas.
“El mundo produce hoy tal cantidad de material escrito que no alcanzan los correctores disponibles. La velocidad a la que se transmite y requiere la información es también tal, que aunque hubiera un corrector disponible, en muchos casos no se haría (no se hace) uso de él. El mundo necesita a los correctores, pero no lo sabe y vive cada vez más sin ellos; y, por otro lado, surgen más herramientas de corrección automática que, sin lugar a dudas, son deficientes”.[8]
En el portal en línea Animal Político ya no existe el papel del corrector. Esta labor la ejecuta el editor quién también se encarga de otras actividades. “En un medio web no se necesitan más filtros por los cuales deba pasar una revisión, el texto debe salir lo antes posible”. Asegura Hugo Maguey, editor de este medio.
Lo cierto es que la fe de erratas siempre aparece tarde o temprano, se trate de un medio impreso o en línea. “Cuanto antes se asuma que la maldita errata siempre estará presente, aunque a veces tarde en salir a la superficie, y que es más fácil que aparezca en el título del libro que en una nota al pie que no leerá nadie, mejor”[9], dice María Fernanda Poblet, correctora ortopográfica y de estilo.
"Tenga cuidado al leer libros de salud. Un error de imprenta lo puede matar", decía Mark Twain. y es que, como afirman Ayala y Zenker, Las erratas y gazapos no perdonan ni a la muerte".
Se necesita trabajar para aumentar el prestigio del corrector el cual muchas veces tiene una carga muy pesada de trabajo y como se mencionaba anteriormente, no se aprecia cómo debería ser. No creo que vaya a desaparecer su función pero si a transformarse como actualmente ocurre con los medios digitales. Lo que necesita también es trabajar para que el salario aumente pues es una labor que requiere un gran tiempo y como se dijo, no cualquiera puede ser un corrector de originales.
Fuentes
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* AYALA OCHOA, Camilo, ZENKER, Alejandro Correctores de estilo. Publicado en revista Quehacer Editorial. No. 8. Consultada en http://www.solareditores.com/.
· * RIVA PALACIO, Raymundo. Manual para un nuevo periodismo. México, Plaza Janés, 2005, 205 p.p.
· * ZAVALA RUÍZ, Roberto. El libro y sus orillas. México. Universidad Nacional Autónoma de México, 2008, 397 p.p.
· * POBLET, María Fernanda. El corrector solo ante el peligro. Publicado en revista Donde Dice. NÚMERO 14, ENERO-ABRIL 2009.
· * CAJERO, Antonio. Heridas de un manual de estilo, en La Jornada, domingo 17 de junio de 2007, disponible en http://jornada.unam.mx/2007/06/17/sem-antonio.html.
[1] Raymundo Riva Palacio, Manual para un nuevo periodismo, p. 28.
[2] Antonio Cajero. Heridas de un manual de estilo, en La Jornada, domingo 17 de junio de 2007.
[3] Ibídem.
[4] Camilo Ayala y Alejandro Zenker. El corrector de estilo, p. 7.
[5] Ibíd. p. 8.
[6] Ibíd. p. 26
[7] Roberto Zavala Ruiz, El libro y sus orillas, p. 358.
[8] Ibíd. p. 27.
[9] María Fernanda Poblet. El corrector autónomo solo ante el peligro, p. 9.

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